La muerte de una persona debería imponer respeto, silencio y acompañamiento. Sin embargo, días atrás, una tragedia vial ocurrida sobre la Autovía 8, a la altura del kilómetro 226, dejó al descubierto una escena tan dolorosa como indignante, que interpela a la sociedad y expone una alarmante pérdida de valores.
Tras el vuelco de un camión y la muerte de su chofer, personal policial se encontraba trabajando en el lugar del siniestro, cuando comenzaron a arribar alrededor de 150 personas. Llegaron a pie, en vehículos y motocicletas. No lo hicieron para colaborar ni para auxiliar, sino armados con elementos cortantes y contundentes.
Lejos de cualquier gesto de humanidad, el grupo comenzó a romper el acoplado del camión. En cuestión de minutos, el dolor por la pérdida de una vida humana quedó relegado por la codicia: los presentes comenzaron a matar y sustraer animales que eran transportados en el rodado.
La situación se tornó aún más grave cuando, superados ampliamente en número, los efectivos policiales fueron amenazados, al igual que el propietario del camión, quien había perdido a su chofer en el trágico accidente. Ante el riesgo cierto para la integridad física de todos los presentes, se debió liberar la zona.
Fue entonces cuando el límite entre la barbarie y el delito se desdibujó por completo. Los violentos se transformaron en delincuentes consumados, matando animales y llevándoselos sin ningún tipo de control, en una escena que dejó al descubierto un salvajismo difícil de comprender y aún más de aceptar.
Lo ocurrido no es solo un hecho policial. Es un reflejo crudo de una sociedad que, frente a la desgracia ajena, elige el saqueo antes que la solidaridad; el oportunismo antes que el respeto; la violencia antes que la empatía. Una vida se había perdido, una familia estaba de luto, y aun así hubo quienes vieron en esa tragedia una oportunidad.
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