Hoy se discute en el Congreso la flexibilización de la Ley de Glaciares. Y no es un tema menor.
Argentina tiene más de 16.000 glaciares a lo largo de la cordillera. ¿Qué quieren hacer? Habilitar la minería que va a destruir y contaminar nuestras reservas acuíferas.
El mundo está cambiando. Cada vez más, los conflictos bélicos no son por ideología, cultura o religión sino por recursos. Las grandes potencias buscan agua en otros planetas ¿ Nosotros vamos a regalarla o cambiarla por espejitos de colores?
Por eso esta ley es importante. Pone un límite. No para frenar el desarrollo, sino para evitar que se avance sobre zonas donde el daño puede ser irreversible.
Lo que hoy se discute es justamente ese límite. La pregunta es bastante simple. ¿Vale la pena correrlo?
Del otro lado ya conocemos el esquema. Proyectos que prometen mucho pero dejan bastante poco y dólares que se pierden en el camino.
Un glaciar no se recupera. Cuando se afecta una fuente de agua, el impacto no es solo ambiental. También es económico, social y humano.
No es algo que se pueda arreglar después.
Por eso esta discusión es más profunda de lo que parece. No es solo una ley.Es hasta dónde estamos dispuestos a entregar la vida misma en nombre de una soberanía que el Fondo Monetario Internacional exige resignar y que el gobierno de Javier Milei acata gustosamente.
El agua es vida.
Cuando se pierden, no hay forma de recuperarlas.
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