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 Sabado 30 de Mayo de 2026

El médico que aprendió a sanar desde la humildad y sencillez

¿Qué es de la vida de Jorge Alberto Vardi?

 

Hay historias que no se miden por los títulos obtenidos, los cargos ocupados ni los reconocimientos recibidos. Historias que encuentran su verdadero valor en los caminos recorridos, en las dificultades superadas y en la forma en que una persona decide vivir. La del doctor Jorge Alberto Vardi es una de ellas. La historia de un hombre sencillo, formado en la cultura del trabajo y el esfuerzo, que convirtió la medicina en una manera de acompañar a los demás y que, con el paso de los años, terminó transformándose en uno de los profesionales más queridos y respetados de Pergamino.

El regreso a las raíces
Nació el 29 de marzo de 1951 en Sarandí, en una familia de raíces árabes donde el sacrificio era parte de la vida cotidiana. Sus padres, Salomón y Naima, quienes luego adoptarían los nombres de Alberto e Irma, le enseñaron desde muy pequeño valores que marcarían para siempre su forma de ser. Su padre trabajaba en el puerto cargando bolsas sobre sus hombros, mientras que su madre sostenía el hogar con una fortaleza admirable.
Junto a su hermana mayor, Mirta, vivió sus primeros años hasta que una carta cambió el destino familiar. Fue el médico Fahim Auil quien sugirió a la familia regresar a Pergamino para acompañar a los abuelos. No hubo demasiadas dudas ni análisis. Simplemente hicieron las valijas y volvieron a una ciudad que terminaría siendo el escenario de toda una vida. Ya instalados nuevamente en Pergamino nacería Liliana, la menor de los hermanos.
Una infancia de barrio
Su infancia transcurrió entre calles de barrio, amigos y aventuras que hoy parecen pertenecer a otra época. Recuerda aquellos años con una felicidad genuina. Andaba a caballo, jugaba al fútbol durante horas, salía a recorrer los alrededores y disfrutaba de una libertad que marcó para siempre su manera de entender la vida.
Entre los recuerdos más vivos aparece la herrería de Capalbo, donde observaba maravillado cómo se fabricaban artesanalmente las ruedas de los carros. Sin embargo, más allá de la tarea en sí, lo que realmente lo impactaba era la predisposición de los adultos para enseñar. Eran tiempos donde un chico podía aprender un oficio, una habilidad o una enseñanza simplemente porque alguien estaba dispuesto a compartirla.
El valor del sacrificio
La situación económica familiar nunca fue sencilla. Había necesidades, incertidumbres y una lucha permanente para salir adelante. Su padre aceptaba cualquier trabajo que apareciera para sostener a la familia. Sin embargo, en ese hogar jamás faltaron el amor, el respeto ni la convicción de que el esfuerzo era el único camino posible.
El estudio no era precisamente su actividad favorita, pero la insistencia de su madre terminó dando resultados. Cursó la primaria en la Escuela Nº 22 y luego completó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional.
Un sueño llamado Medicina
Cuando llegó el momento de decidir qué hacer con su futuro, las certezas eran escasas. Como muchos jóvenes de su edad, tenía más preguntas que respuestas. Sin embargo, apareció una decisión que terminaría cambiando para siempre su vida: estudiar Medicina.
No fue un camino sencillo. Detrás de ese sueño había mucho más entusiasmo que recursos económicos. Pero también había una enorme voluntad de progresar y un grupo de compañeros del Colegio Nacional que se transformaron en apoyo fundamental para que pudiera continuar estudiando cuando las dificultades parecían hacerse más grandes.
Años de lucha y perseverancia
Durante aquellos años debió enfrentar además otra obligación: el servicio militar en Morón. Fueron tiempos de sacrificio, viajes a dedo, cansancio acumulado y jornadas agotadoras. Aun así, nunca pensó en abandonar. Continuó adelante con una determinación admirable, convencido de que cada esfuerzo tenía sentido.
Luego llegaron las residencias médicas y las interminables guardias en el Hospital Centenario. Jornadas tan extensas que incluso alguna vez llegó a olvidar la fecha de su propio cumpleaños.
Fueron años de enorme aprendizaje profesional, pero también de amistades que lo acompañarían durante toda la vida. Entre ellas las de Hugo Manattini y Guillermo Foresto, compañeros de facultad, de estudio y de trabajo, con quienes compartiría gran parte de su crecimiento profesional.
El dolor más profundo
Pero no todo fueron logros y satisfacciones. En plena carrera universitaria debió atravesar uno de los momentos más dolorosos de su vida: la muerte de su padre.
La pérdida dejó una herida que nunca terminó de cerrar completamente. Todavía hoy conserva una tristeza particular: que aquel hombre que trabajó toda su vida para darle oportunidades no pudiera verlo recibir el título de médico.
Quizás por eso cada logro posterior tuvo también algo de homenaje silencioso.
La familia, el refugio de siempre
La facultad le regaló además otro encuentro fundamental. Allí conoció a María Teresa Caffaratti, quien se convertiría en su compañera de vida. Juntos construyeron una familia y tuvieron una hija, María Laura.
Con el paso de los años, ella se radicaría en Francia, una distancia que representa una de las nostalgias más profundas para cualquier padre. Sin embargo, la llegada de sus nietas gemelas, Franca y Bruna, multiplicó la felicidad y fortaleció aún más los lazos familiares.
Un médico que trascendió el consultorio
Con el título finalmente en sus manos regresó a Pergamino. Comenzaba entonces una trayectoria profesional que dejaría una huella imborrable.
Con apenas 31 años asumió como jefe de Pediatría del Hospital y desde allí inició una carrera marcada por la responsabilidad, la capacidad profesional y, sobre todo, una enorme calidad humana.
Su nombre comenzó a pasar de generación en generación. Miles de familias confiaron en él para acompañar los primeros años de vida de sus hijos. Muchos de aquellos niños que atendió volvieron décadas después convertidos en padres, llevando a sus propios hijos al consultorio.
Esa continuidad construida sobre la confianza fue, quizás, uno de los reconocimientos más importantes de su carrera.
Una vocación que no se jubila
Nunca buscó protagonismo. Su forma de ejercer la medicina siempre estuvo ligada a la cercanía, la escucha y el respeto. No se considera maestro de nadie, aunque muchos colegas reconocen haber aprendido observando su manera de trabajar y relacionarse con los pacientes.
La jubilación llegó por cuestiones administrativas, pero nunca desde el corazón. Porque para él la medicina jamás fue simplemente una profesión. Continúa ejerciendo a un ritmo más pausado, combinando las consultas con otras actividades que disfruta, como el tenis y la carpintería.
Porque para Jorge Vardi la medicina siempre significó algo más profundo. Significó acompañar angustias, contener familias, cuidar infancias y construir confianza. En tiempos donde la velocidad muchas veces parece desplazar al encuentro humano, su historia recuerda el valor de la sencillez, del compromiso silencioso y de la vocación auténtica.
Quizás por eso su legado trasciende los cargos, los títulos y los años de profesión. Porque detrás del médico existe un hombre que nunca olvidó sus raíces, que aprendió el valor del esfuerzo observando a sus padres y que dedicó su vida a cuidar a los demás. Y porque hay personas que dejan huella sin proponérselo, simplemente siendo fieles a aquello que siempre fueron


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