Hay historias que se construyen a partir de grandes logros y otras que encuentran su verdadero valor en los vínculos, la perseverancia y las decisiones tomadas a lo largo del camino. En esta vida atravesada por la danza, los escenarios y el arte, el éxito nunca estuvo únicamente en los aplausos. También se encontró en la familia, en la enseñanza y en la capacidad de acompañar a quienes más se ama.
Desde muy pequeña, la protagonista de esta historia convivió con una realidad difícil. Su padre, Roberto, fue diagnosticado con una enfermedad cuando ella tenía apenas seis meses de vida y falleció cuando tenía 12 años. Sin embargo, lejos de recordar aquellos años desde la tristeza, guarda en su memoria una infancia marcada por el amor, el respeto y la unión familiar.
La figura fundamental en ese proceso fue su madre, Susana Chavero, quien sostuvo el hogar con fortaleza, entrega y una presencia permanente. Junto a su hermana Valeria, creció aprendiendo una enseñanza que luego trasladaría a cada aspecto de su vida: estar presente para quienes uno ama.
Una pasión que se convirtió en destino
La danza apareció temprano y nunca volvió a irse. Las danzas árabes, el folklore y el tango fueron los primeros lenguajes a través de los cuales comenzó a expresarse. Existía además una conexión emocional con ese universo artístico. Su padre había cantado tango durante su juventud y una figura muy especial, Juana Antebi, a quien define como su “abuela de corazón”, alimentó durante los veranos en Rosario su sensibilidad hacia la música, las tradiciones y la cultura árabe.
Con el paso de los años llegaron los maestros que marcaron su formación. Carlos Fajar acompañó sus primeros pasos; Adrián Aragón y Erica Boaglio la guiaron hacia el tango profesional; Amir Thaleb profundizó su desarrollo en la danza árabe; y Mercedes Porcel de Moroni, referente del folklore, supo detectar un talento especial que no dudó en señalar.
“Vos sos un diamante que hay que terminar de pulir”, le repetía. El tiempo terminaría confirmando aquellas palabras.
En ese recorrido apareció también Ricardo Astrada. Juntos conformaron una dupla artística reconocida por el talento, la conexión escénica y una enorme disciplina de trabajo. Los ensayos interminables, los viajes, las giras y las funciones formaban parte de una rutina exigente que ambos vivían con pasión absoluta.
Los escenarios más importantes
A lo largo de los años llegaron premios, reconocimientos y experiencias que marcaron una carrera excepcional. Entre todos esos momentos hay algunos que ocupan un lugar especial.
Uno de ellos fue la consagración en Cosquín, donde en 2001 obtuvieron los premios Campeones y Revelación del Festival Nacional de Folklore. Otro fue la gira por Europa, una experiencia que amplió horizontes tanto en lo artístico como en lo personal.
Y luego llegó uno de los símbolos más importantes para cualquier artista argentino: la Calle Corrientes.
Ver su imagen en una marquesina representó mucho más que una fotografía promocional. Fue la confirmación de una carrera construida a fuerza de esfuerzo, capacitación, disciplina y perseverancia.
La vocación de enseñar
Mientras su trayectoria artística continuaba creciendo, decidió abrir una nueva etapa vinculada a la enseñanza.
Aquellos primeros recorridos a pie desde la casa familiar, ubicada en la zona del Cruce de Caminos, hasta el Club Ameghino fueron el inicio de un proyecto que pronto comenzó a expandirse. La respuesta de las alumnas fue inmediata y el crecimiento constante la llevó a desarrollar un espacio propio.
Con el tiempo llegó a tener más de 180 alumnas, convirtiendo las clases en mucho más que un ámbito de aprendizaje. Allí se construyeron lazos, sentido de pertenencia y una comunidad unida por la pasión por la danza.
Cuando las prioridades cambian
En medio de una intensa carrera profesional apareció otro compañero fundamental: Javier Iacaruso.
La relación se construyó desde el acompañamiento mutuo y la fortaleza compartida. Junto a él llegó también una de las decisiones más trascendentes de su vida.
Acostumbrada a perseguir metas con determinación, eligió poner una pausa en su carrera profesional para dedicarse plenamente a sus hijos. Francesca, Serena, Marieta, Donatella, Donatto y Nicoletta se transformaron en el centro de su mundo.
La decisión no fue casual. Respondía a una convicción profunda nacida de su propia experiencia familiar. Quería ofrecerles la misma presencia y acompañamiento que había recibido de su madre.
Mientras ella provenía del mundo de la danza, Javier tenía una fuerte historia vinculada al deporte y al Club Gimnasia y Esgrima. Primero llegó el acompañamiento como madre en las actividades de sus hijos y, poco a poco, comenzó a involucrarse en la organización del hockey.
Sin buscar protagonismo, encontró allí una nueva manera de compartir, colaborar y fortalecer vínculos dentro de una institución que hoy siente como una segunda familia.
Una vida sin cuentas pendientes
Cuando mira hacia atrás, lo hace con gratitud.
No habla de sueños incumplidos ni de proyectos frustrados. Considera que cada etapa tuvo su momento y que cada objetivo fue perseguido con convicción.
En los últimos años, la danza volvió a ocupar un lugar importante en su vida, aunque desde una perspectiva diferente. Más libre, más serena y profundamente emocional.
En la Casa de la Cultura, lugar donde Rosa Tulio pensó para Jesica, comparte clases con un grupo de mujeres adultas que, según asegura, la enriquecen tanto como ella intenta enriquecerlas. Allí encuentra aprendizaje, disfrute y admiración mutua.
Quizás esa experiencia resuma mejor que ninguna otra el sentido de todo el camino recorrido.
Porque después de los escenarios, los premios, las giras internacionales y los reconocimientos, descubrió que la verdadera trascendencia también puede encontrarse en los gestos cotidianos. En transmitir conocimientos, acompañar a otros, agradecer lo vivido y estar presentes.
Y tal vez sea justamente allí donde habita el éxito más profundo: en poder mirar la propia historia con serenidad y sentir que cada sueño que alguna vez pareció lejano fue vivido intensamente.
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