La euforia ha cedido paso a la rutina, y con ella, a las urgencias de siempre. Ya no hay partidos que nos mantengan en vilo, ni resultados que definan nuestra alegría semanal. Ahora, el desafío es otro: debemos canalizar ese mismo entusiasmo, esa pasión desmedida que demostramos en cada rincón del país, hacia las batallas que realmente condicionan nuestro futuro. La economía, con un dinero que se escurre entre los dedos antes de llegar a fin de mes, sigue siendo la herida abierta que más duele. A esto se suman los sistemas de salud, la contención social, la educación y una justicia que, a menudo, parece caminar a un ritmo ajeno a las necesidades del ciudadano de a pie.
"Argentinos, a las cosas". La histórica frase de Ortega y Gasset, tantas veces citada y otras tantas ignorada, recobra hoy una vigencia urgente. No es una invitación a la resignación, sino un llamado a la acción consciente. Los tiempos que vienen no serán sencillos. El gobierno nacional, a través de sus equipos económicos, se encuentra en una encrucijada, intentando descifrar cómo corregir las decadencias estructurales que, hasta el momento, no ha logrado controlar. Pero el esfuerzo no puede ser solo una declamación oficial; debe ser un compromiso colectivo.
Si pudimos sostener la fe en un equipo hasta el último minuto de una final, ¿por qué no aplicar esa misma resiliencia para reconstruir nuestro tejido social? La épica del fútbol es efímera; la épica del desarrollo nacional es, por definición, una tarea de largo aliento. Nos toca ahora bajar la pelota al piso, mirar el tablero con pragmatismo y entender que el verdadero partido se juega en las escuelas, en los hospitales, en la industria y en cada oficina pública. La resaca del mundial debe ser, más que un vacío, el punto de partida para una madurez ciudadana que nos permita, finalmente, ocuparnos de lo que realmente importa. El esfuerzo es el único camino, y la responsabilidad, nuestra mejor herramienta.
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