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Derechos sin deberes: la otra grieta del siglo XXI Por Carlos Elizalde


01 de Agosto de 2026 | El Tiempo

Nunca fue tan fácil hablar. Nunca fue tan difícil escuchar.
Vivimos en una época en la que cualquier persona puede llegar, en segundos, a miles o millones de otras a través de un teléfono. La tecnología democratizó la palabra, pero también multiplicó la desinformación, la agresión y la indiferencia. Hoy, una noticia falsa puede recorrer el mundo antes de que la verdad tenga tiempo de ponerse de pie.
Durante décadas, la humanidad libró una batalla imprescindible para conquistar derechos. Sin embargo, quizás hemos olvidado una parte esencial de esa construcción: todo derecho lleva consigo un deber.
José Saramago lo advirtió hace años. La democracia no puede sostenerse únicamente sobre ciudadanos que reclaman; necesita ciudadanos que también asuman responsabilidades.
Las redes sociales son el mejor ejemplo de este desafío. Muchos invocan el derecho a expresarse, pero pocos sienten el deber de verificar una información antes de compartirla. Se exige respeto mientras se insulta desde el anonimato. Se reclama transparencia mientras se viralizan rumores sin evidencia. Se pide una sociedad mejor mientras se contribuye a deteriorar el debate público.
La inteligencia artificial agrega un nuevo escenario. Hoy es posible fabricar imágenes, audios y videos prácticamente indistinguibles de la realidad. Nunca fue tan sencillo engañar. Por eso, nunca fue tan importante recuperar el pensamiento crítico. La tecnología no reemplaza la ética; la potencia.
Quizá la mayor crisis de nuestro tiempo no sea tecnológica, sino moral. No falta información: sobra. Lo que escasea es responsabilidad para utilizarla.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos cambió el siglo XX. Tal vez el gran desafío del siglo XXI sea construir una verdadera cultura de los deberes: verificar antes de compartir, escuchar antes de responder, debatir sin descalificar y enseñar a las nuevas generaciones que la libertad no consiste en poder hacerlo todo, sino en comprender las consecuencias de nuestros actos.
Porque ninguna democracia podrá sobrevivir si la verdad deja de importar. Ninguna comunidad podrá progresar si la empatía desaparece. Y ninguna sociedad será verdaderamente libre si olvida que nuestros derechos terminan donde comienzan los derechos de los demás.
Quizás el verdadero progreso no dependa de tener una inteligencia artificial cada vez más poderosa, sino de recuperar una inteligencia humana cada vez más responsable.


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