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"El arte de no rendirse" por Guillermo "Memo" García


07 de Octubre de 2026 | El Tiempo

 
Anoche se despidió de la Selección Argentina un líder que aprendió a transformar el talento individual en una construcción colectiva.
 
Antes de ser considerado el mejor jugador del mundo, Lionel Messi tuvo que convivir, desde muy chico, con una dificultad física que amenazaba su sueño. A los 13 años dejó Rosario, su familia y todo lo conocido para viajar a España detrás de una posibilidad. No fue un éxito inmediato: hubo adaptación, sacrificio, incertidumbre y la necesidad de demostrar que aquel pequeño que necesitaba tratamiento podía convertirse en futbolista.
Después llegaron las derrotas. Finales perdidas, duras críticas, comparaciones y una sociedad que durante años le reclamó aquello que parecía no poder alcanzar.
 
Con la Selección conoció la frustración y, cuando muchos hubieran elegido alejarse, volvió a intentarlo. Una vez. Y otra. Y otra.
 
Allí esté una de sus mayores enseñanzas: fracasar no es perder sino es dejar de intentarlo. Y él nunca dejó de hacerlo. Hasta que llegaron las copas América, la Finalissima y la Copa del Mundo. No como una revancha personal, sino como la consecuencia de haber perseverado cuando resultaba más fácil bajar los brazos.
 
Pero su legado va más allá de los triunfos. Consiguió convertirse en el mejor profesional del mundo sin dejar de ser un hombre humilde. Nunca necesitó imponerse para demostrar quién era. Su liderazgo se construyó desde el ejemplo: aprendió a conducir acompañando, a celebrar con sus compañeros, a sufrir con ellos y a entender que ningún equipo se construye desde una sola persona.
 
Esa es también una lección para quienes tienen la responsabilidad de conducir. Liderar no debería significar ocupar siempre el centro de la escena, sino construir equipos, sostener un rumbo, aprender de los errores y poner el objetivo colectivo por encima del protagonismo personal. Un país, como un equipo, necesita confianza, compromiso, esfuerzo y capacidad para encontrar puntos de encuentro aun en las diferencias.
 
Durante años, Argentina discutió a Messi. Hasta que su propia historia consiguió unirnos sin pedirnos que pensáramos igual. Nos hizo abrazarnos después de una derrota y llorar juntos después de una victoria.
 
Por eso su despedida puede ser mucho más que un adiós. Puede ser una oportunidad para recordar que el talento necesita trabajo, que la humildad no es debilidad y que ninguna derrota define nuestro destino.
 
Messi no sólo nos enseñó a ganar. Nos enseñó a perseverar hasta conseguirlo. Y quizás ese sea su legado más argentino: demostrar que, cuando trabajamos por algo que nos trasciende, todavía podemos hacer algo extraordinario juntos.
 
Gracias, capitán. Por mostrarnos que la grandeza puede tener la pelota en los pies y la humildad en el corazón.


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