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 Martes 14 de Julio de 2026

Por Pablo Rossi, Licenciado en Filosofía y docente

La Odisea de Nolan y la odisea de Messi

Hay partidos que duran noventa minutos y otros que atraviesan generaciones. El miércoles la selección argentina volverá a enfrentar a su par de Inglaterra. Casi al mismo tiempo, se estrenará en el cine La Odisea, de Christopher Nolan, basado en uno de los relatos fundacionales de Occidente. Podría parecer una coincidencia. Ambos acontecimientos invitan a pensar cómo las sociedades construyen a sus héroes y qué dicen esos héroes sobre la identidad de un pueblo.

Toda comunidad necesita relatos. Los griegos tuvieron la Ilíada y la Odisea; nosotros tenemos nuestra historia, nuestros símbolos y también nuestro fútbol. No porque el deporte sustituya a la política o a la historia, sino porque pocas expresiones culturales condensan con tanta intensidad la manera en que una nación se piensa a sí misma.
En la guerra de Troya había héroes en ambos bandos. Aquiles, Héctor, Áyax, Ulises. Cada uno representaba una forma distinta de entender el honor, el liderazgo y el destino. El heroísmo nunca fue patrimonio exclusivo de un pueblo. Tampoco lo es en el fútbol. Cuando Argentina e Inglaterra se enfrentan, lo hacen dos selecciones repletas de grandes futbolistas. Lo importante no es negar el valor del adversario, sino comprender qué representa cada equipo para su propia comunidad.
En la Argentina, durante décadas imaginamos al héroe en referencia al genio de Diego Maradona. El D10S es el héroe con ADN aquiliano: frontal, desafiante, impulsivo, orgulloso. El que avanza sin calcular demasiado las consecuencias. El que convierte cada enfrentamiento en una batalla personal. El que transforma la rebeldía en una forma de liderazgo. Aquiles buscaba la gloria inmediata, aunque supiera que ello podía costarle la vida. Maradona jugó muchas veces con esa misma intensidad existencial.
A la sombra de la identidad “maradoriana”, surge silenciosamente, encarnada en la figura de Lionel Messi una versión de liderazgo diferente. Messi no necesita desafiar permanentemente al mundo para demostrar quién es. Su liderazgo no se construye desde la confrontación sino desde la persistencia. Como Ulises, su mayor virtud nunca fue la fuerza sino la astucia futbolística, la paciencia, la actitud metódica y la capacidad de seguir adelante cuando todo parecía perdido.
Ulises tarda diez años en volver a Ítaca. Messi tardó más de quince en conquistar el Mundial que el destino parecía negarle. Ambos conocieron la derrota, la frustración y la incomprensión. Ambos entendieron que la verdadera grandeza no consiste únicamente en vencer, sino en no abandonar el camino. Por eso Messi se parece menos al guerrero invencible que al viajero obstinado.
Pero tampoco sería justo presentar estos dos modelos como incompatibles. La Argentina necesita de ambos. Hay algo profundamente maradoniano en nuestra historia, a saber, la irreverencia frente al poder, la capacidad de desafiar a los más fuertes, el orgullo de no aceptar lugares subordinados. Y hay también algo profundamente messiano, la construcción paciente, el trabajo silencioso, la confianza en el equipo, la humildad que no renuncia jamás.
Quizás el mayor mérito de Lionel Scaloni haya sido precisamente reconciliar esas dos tradiciones. Su Selección conserva el carácter competitivo que siempre distinguió al fútbol argentino, pero abandonó la necesidad de convertir cada partido en una guerra. Recuperó la épica sin caer en la estridencia. Transformó un conjunto de grandes individualidades en una comunidad. Como en las expediciones narradas por Homero, cada integrante cumple un papel. Nadie gana solo. El héroe ya no eclipsa al grupo; el grupo potencia al héroe.
Los pueblos necesitan relatos compartidos para existir. Los griegos encontraron en Homero una narración capaz de reunir ciudades que jamás habían constituido un Estado unificado. Aquiles, Ulises o Héctor no fueron simplemente personajes literarios, además representaron virtudes, formas de liderazgo y una memoria común que terminó dando identidad a una civilización. Cada comunidad encuentra, en distintos momentos de su historia, los símbolos con los que se reconoce y se transmite a sí misma de generación en generación. En la Argentina, el fútbol ha llegado a ocupar parte de ese lugar. No reemplaza a la historia, ni a la política, pero constituye uno de los lenguajes culturales más poderosos para construir pertenencia y memoria.
Es imposible, a pesar de las pertinentes palabras de Scaloni diciendo que “solo un partido de futbol”, pensar un Argentina-Inglaterra desconectado de la historia. Las Islas Malvinas forman parte de nuestra memoria. No únicamente por la guerra de 1982, sino porque constituyen una cuestión de soberanía mucho más antigua, vinculada al colonialismo del siglo XIX y al proceso inconcluso de descolonización que aún reconoce la comunidad internacional. Recordar Malvinas no implica cultivar enemistad con el pueblo británico.
Una democracia madura distingue entre un pueblo y las decisiones históricas de un Estado. La fortaleza del reclamo argentino reside precisamente allí, es decir, en sostener, con firmeza y sin odio, una reivindicación fundada en la historia, el derecho internacional y la necesidad de poner fin a una situación colonial que persiste en pleno siglo XXI. En ese sentido, el fútbol puede cumplir una función que trasciende el resultado.
Cada generación necesita encontrar sus propios símbolos para mantener viva la memoria colectiva. La “malvinización” no consiste en transmitir resentimientos, en mantener vivo un conflicto bélico. Es impedir que la cuestión Malvinas desaparezca del horizonte cultural de las nuevas generaciones. Es comprender que la soberanía también se defiende a través de la educación, la memoria histórica, la cultura y el conocimiento del derecho internacional. “Malvinizar” consiste en evitar el olvido. En explicar por qué Malvinas sigue siendo una causa nacional. En comprender que la soberanía no pertenece a un partido político, ni a una generación, ni siquiera a quienes combatieron heroicamente en 1982. Pertenece a una comunidad que decide no resignar una parte de su historia.
Si el fútbol logra despertar esa conversación entre los más jóvenes, habrá cumplido una tarea cívica que va mucho más allá del espectáculo. Tal vez por eso resulte tan sugestivo que Nolan vuelva a contar la historia de Ulises mientras Messi continúa escribiendo la suya.
La Odisea no trata, en el fondo, sobre la guerra de Troya. Trata sobre el regreso. Sobre la perseverancia. Sobre la identidad que sobrevive después de todas las tempestades. Quizás ese sea también el camino de la Argentina. No necesita construir enemigos para afirmar quién es. Necesita conocer su historia, defender sus derechos y transmitirlos con inteligencia, serenidad y convicción.
Porque las naciones, como los héroes de Homero, no son recordadas únicamente por las batallas que libran. También por la forma en que eligen regresar una y otra vez a aquello que consideran justo. Y en esa larga travesía, Messi se parece mucho más a Ulises que a Aquiles. Tal vez porque, al final, la mayor de las victorias no sea derrotar al adversario, sino llegar a destino sin perder la propia identidad.



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