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 Miercoles 18 de Febrero de 2026

Río de Janeiro y magia

La Ciudad Maravillosa. Así la llaman, y después de estar ahí todos entendemos perfectamente el motivo.

Río de Janeiro no necesita demasiadas presentaciones: tiene algo magnético, una combinación de paisaje, ritmo y energía que la hace distinta a cualquier otra ciudad del mundo.

Lo primero que impacta es su geografía. Río no está simplemente al lado del mar; está abrazada por montañas, morros verdes y una bahía que parece dibujada a propósito. Subir al Cristo Redentor es uno de esos momentos que marcan el viaje.

Desde arriba, la ciudad se despliega en 360 grados: Copacabana, Ipanema, el Pan de Azúcar, la laguna, el océano. Es imposible no quedarse en silencio unos segundos.

El Pan de Azúcar es otro de esos íconos que justifican el viaje. El ascenso en teleférico regala una de las vistas más impactantes de Brasil.

Río se muestra luminosa, viva, extensa. Es una postal que uno reconoce, pero vivirla en persona tiene otra dimensión.

Sin embargo, lo que más me gustó fue caminarla. Recorrer Copacabana al atardecer, ver a la gente entrenando, jugando al fútbol o simplemente disfrutando del mar. En Ipanema el ambiente es similar, pero con un aire más sofisticado.

Río tiene ese equilibrio entre lo relajado y lo vibrante que la hace especial. También está su sabor. Una buena feijoada, un pescado fresco frente al mar o sentarse a disfrutar de la brisa con algo frío mientras cae el sol forman parte de la experiencia tanto como cualquier excursión. La ciudad invita a bajar el ritmo y a vivir hacia afuera.

Río de Janeiro tiene carácter. Es intensa, alegre y a veces caótica, pero siempre auténtica. No es solo un destino de playa, es una ciudad con identidad propia. Y después de conocerla, uno entiende que el apodo no es exagerado: realmente es maravillosa.

Por Santiago Céccoli

 



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