Tocaron la puerta del empresario; no soy empresario, no me ocupó.
Tocaron la puerta del jubilado; no soy jubilado, seguí.
Tocaron la puerta del docente; no soy docente, cambié de canal.
Tocaron la puerta del comerciante, del pyme, del trabajador informal; no eran mis asuntos.
Y mientras mirábamos hacia otro lado, las medidas se fueron acumulando: caída del poder adquisitivo, recortes en políticas públicas, liberalizaciones que expulsan protección social, e institucionalidad en retroceso. Lo que parecía un experimento ajeno empezó a mostrarse en la vida cotidiana: subas que devoran sueldos, prestaciones que se achican, servicios que se deterioran.
Hoy la puerta está abierta para todos. No es un llamado a la victimización sino a la responsabilidad compartida: la defensa de derechos básicos, la exigencia de rendición de cuentas y la construcción de consensos mínimos para que las transformaciones no signifiquen pérdida de bienestar general. Cuando lo que afecta a “ellos” termina impactando en “nosotros”, quedarse indiferente deja de ser una opción.
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