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 Viernes 26 de Junio de 2026

Entre hornos, fútbol y familia: una historia de superación

¿Qué es de la vida de Eduardo Luis Palacio?

Hay personas que pueden contar su historia a través de los lugares que habitaron. Eduardo Luis Palacio puede hacerlo a través de cada sacrificio, cada oficio aprendido y cada sueño cumplido.

Nació el 13 de octubre de 1946 en el paraje Balcarce, una pequeña localidad rural al pie de las Sierras de los Comechingones, en la provincia de San Luis. Un lugar humilde, donde la electricidad todavía no había llegado y donde las comodidades eran prácticamente inexistentes.
Sin embargo, cuando recuerda aquellos años, no lo hace desde la carencia sino desde la felicidad. “No tuve nada, pero era feliz. Nunca me faltó de comer”, resume con la sencillez de quien aprendió a valorar lo esencial.
Su padre, Vicente, trabajaba en el campo. La vida transcurría entre largas jornadas laborales y costumbres que hoy parecen pertenecer a otra época. Eduardo todavía recuerda el agua que llegaba desde la sierra por canales de tierra hasta una represa donde también bebían los animales. Para consumirla, debían filtrarla. También conserva en su memoria aquellos viajes en tren junto a su padre hasta Venado Tuerto para juntar maíz, durmiendo bajo improvisadas chozas de chalas, sobre bolsas rellenas de yuyos y cubiertos apenas con unas frazadas traídas desde San Luis.
El cambio de rumbo y la llegada a Pergamino
El sostén emocional de la familia era Isabel, su madre. Pero una enfermedad cambió el rumbo de todos. Buscando una mejor oportunidad, la familia decidió trasladarse a Pergamino. Junto a sus hermanos Tuca, Perla, Antonio y Julio comenzaron una nueva etapa, mientras Vicente se ganaba la vida realizando trabajos de albañilería.
Eduardo tenía apenas 15 años cuando llegó a la ciudad. No hubo tiempo para adaptaciones ni pausas. Apenas pisó Pergamino comenzó a buscar trabajo y encontró una oportunidad en La Mundial, una panadería ubicada sobre calle Merced. Sin saberlo, allí descubriría el oficio que marcaría gran parte de su vida.
Entre hornos y madrugadas aprendió el oficio de panadero y desarrolló una pasión que lo acompañaría para siempre. Al mismo tiempo, decidió saldar una deuda pendiente con su infancia: terminar la escuela primaria, convencido de que aprender siempre valía la pena.
También cumplió con el servicio militar en San Nicolás, otra experiencia que se sumó a una juventud marcada por las responsabilidades. Pero entre tanto trabajo todavía había espacio para los sueños.
El fútbol, otra pasión que marcó su camino
En San Luis prácticamente no conocía el fútbol. Apenas había tenido una pelota de trapo. Sin embargo, en Pergamino descubrió una pasión que lo acompañaría toda la vida. Comenzó jugando en una canchita donde hoy se encuentra la Escuela Nº 53. Más tarde, Omar Antonetti lo llevó a Club Compañía. Tres años después ya estaba en Primera División y llegó incluso a vestir la camiseta de la Selección de Pergamino. También tuvo pasos por Tráfico’s y Racing Club de Pergamino.
El esfuerzo parecía no tener descanso. Mientras jugaba al fútbol y trabajaba en la panadería, sumó un segundo empleo como chofer de colectivo. Entre jornadas interminables, entrenamientos y alguna salida de fin de semana, comenzó también a construir otro sueño: la casa propia. Con sus propias manos levantó una vivienda en calle Magallanes, convencido de que el sacrificio siempre tenía recompensa.
Noemí, la compañera de toda la vida
En 1972 apareció en su vida Noemí Pérez. Juntos iniciaron una historia que ya supera las cinco décadas. Compañera inseparable, sostén y motor de muchos proyectos, fue quien impulsó las vacaciones familiares, las salidas y tantas experiencias compartidas. Eduardo todavía recuerda una anécdota que resume sus orígenes humildes: “Estando de novio supe lo que era tomar un helado por primera vez”.
Ambos comparten también la pasión por Boca Juniors y, sobre todo, el sueño de construir una familia. Con la llegada de sus hijos Jonatan, Loida, Rut y Débora, el proyecto de vida tomó una nueva dimensión.
La apuesta que cambió su destino
En 1983 llegó una de las decisiones más importantes de su historia. Después de años trabajando para otros, se animó a alquilar la panadería. Había más sueños que certezas, pero también una enorme confianza en la cultura del trabajo. Los comienzos fueron difíciles. Costó conseguir clientes y hacerse conocido. Sin embargo, la constancia volvió a ser la clave.
Con el tiempo, los vecinos comenzaron a elegirlos y regresar. Cuando el negocio logró consolidarse, Eduardo vivió un momento que aún hoy recuerda con emoción. “Me tiré al piso, le di un beso al suelo y me dije a mí mismo: de empleado no vuelvo más”.
A partir de allí apostó definitivamente por el oficio que había aprendido siendo adolescente. En 1986, junto a Noemí, compró el terreno de Hernández al 900, donde hasta hoy continúa funcionando la panadería La Espiga de Oro, un emprendimiento familiar que se convirtió en parte de la identidad barrial.
La familia, el mayor patrimonio
Los años trajeron también una familia cada vez más grande. Hoy disfruta de sus nietos Bautista, Santiago, Julieta, Eugenia, Jana, Edurne, Nahuel, Valentina, Tadeo, Tobías, Delfina, Oriana y Aarón, quienes representan una de sus mayores alegrías.
En 2002 la familia se mudó a su casa actual. Mientras tanto, el deporte siguió ocupando un lugar importante en su vida. El fútbol entre amigos, las salidas a correr y la bicicleta formaron parte de su rutina durante décadas. Aunque cuestiones de salud lo obligaron a bajar el ritmo y dejar momentáneamente los partidos, todavía disfruta de los encuentros y de las amistades que le regaló el deporte, especialmente aquellas que continúan en la cancha ubicada en Güemes e Irlanda.
Una vida que volvería a elegir
Al mirar hacia atrás, Eduardo no encuentra espacio para los arrepentimientos. Agradece profundamente los valores recibidos de su familia de origen y también el cariño de la familia que ganó al casarse con Noemí.
Hoy sigue vinculado al trabajo, aunque a otro ritmo. Disfruta de los fines de semana en familia, de las charlas con amigos y de cada momento compartido con quienes quiere. Después de una vida marcada por el esfuerzo, las madrugadas, el fútbol, el pan recién horneado y los afectos, conserva una certeza que resume toda su historia.
“Si volviera a nacer, elegiría la misma vida. Siempre fui feliz”.


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